
El terremoto chileno de 1985 no solo remeció la zona central del país: también sacudió la manera en que Chile pensaba sus ciudades, sus viviendas y su responsabilidad frente a la naturaleza. El sismo del 3 de marzo de 1985, conocido también como terremoto de Algarrobo, alcanzó una magnitud cercana a 8 y dejó en evidencia una verdad incómoda: no bastaba con vivir en un país sísmico; era necesario construir como país sísmico. El Centro Sismológico Nacional recuerda que este evento produjo intensidades de hasta IX en la escala de Mercalli, y que fue uno de los primeros terremotos severos registrados con instrumentos de aceleración, lo que permitió estudiar técnicamente el comportamiento de las estructuras. Ese conocimiento fue clave para modificar la norma chilena de diseño sísmico de edificios, la NCh433. (CSN UChile)
Antes de 1985, Chile ya tenía una larga historia de terremotos devastadores. Sin embargo, el sismo de ese año golpeó con especial dureza a viviendas antiguas, construcciones de adobe, albañilerías precarias y edificios que no respondían adecuadamente a las exigencias de un país sometido a movimientos telúricos recurrentes. Memoria Chilena señala que el terremoto dejó al descubierto la precariedad de muchas viviendas de adobe y que la información obtenida se usó para modificar la norma de diseño sísmico de edificios NCh433. También registra más de 142 mil viviendas destruidas, además de daños en puentes, pavimentos, infraestructura y servicios básicos. (Memoria Chilena) (Memoria Chilena)
Ese proceso no debe entenderse como un simple cambio administrativo. Fue una evolución cultural, técnica y política. La construcción chilena comenzó a asumir con mayor fuerza que la seguridad no podía depender solo del buen oficio del maestro o de la intuición del arquitecto, sino de cálculo estructural, estudios de suelo, normas exigibles, fiscalización y una ingeniería capaz de aprender de cada desastre. En ese contexto se consolidó el camino hacia una normativa más moderna. La Ordenanza General de Urbanismo y Construcciones, fijada por el Decreto Supremo N°47 de 1992, reglamentó la Ley General de Urbanismo y Construcciones y reguló el procedimiento administrativo, la planificación urbana, el proceso de urbanización, el proceso de construcción y los estándares técnicos de diseño y construcción. (Biblioteca del Congreso Chile)
Conviene precisar algo importante: no fue que el terremoto de 1985 “creara” por sí solo una nueva ordenanza de un día para otro. Más bien, actuó como un gran acelerador histórico. El desastre aportó datos, urgencia y evidencia. La institucionalidad chilena tomó esa experiencia y la fue traduciendo en normas más estrictas, en una cultura profesional más exigente y en una mirada donde la edificación debía responder no solo al uso cotidiano, sino al momento extremo del terremoto. Luego, la NCh433 de diseño sísmico se transformó en una pieza central de ese sistema. El Centro UC de Innovación del Hormigón explica que la NCh433 regula el diseño sísmico de edificaciones y busca que las estructuras resistan terremotos, minimizando daños y, sobre todo, resguardando la vida de las personas. (Centro UC Innovación del Hormigón)
El resultado de ese aprendizaje se vio con fuerza en la construcción chilena posterior. Chile siguió teniendo terremotos enormes, pero la tragedia humana no creció en la misma proporción que la magnitud de los sismos. El 27 de febrero de 2010, por ejemplo, el país enfrentó un terremoto de magnitud 8,8, uno de los más fuertes registrados instrumentalmente. Fue una catástrofe nacional, con daños enormes y un tsunami devastador, pero el comportamiento general de muchos edificios modernos mostró la relevancia de décadas de ingeniería sísmica. El caso del edificio Alto Río, en Concepción, fue dramático precisamente porque fue excepcional: el debate público se concentró en él porque la expectativa chilena ya era que los edificios no colapsaran masivamente. (El País)
En esa misma línea puede entenderse la Gran Torre Costanera, parte del complejo Costanera Center. Con sus 300 metros de altura, se convirtió en un símbolo de una ingeniería chilena capaz de levantar rascacielos en uno de los territorios más sísmicos del planeta. Estrictamente, hoy es más exacto decir que es el edificio más alto de Sudamérica y que durante años fue el más alto de América Latina, porque luego fue superado por torres en México. Pero su valor simbólico permanece: levantar una torre de 300 metros en Santiago no fue solo un gesto inmobiliario, sino una demostración de confianza en normas, cálculo estructural, materiales, control técnico y diseño antisísmico. (Pelli Clarke & Partners) (Wikipedia)
El contraste con el reciente doble terremoto en Venezuela es doloroso. Según reportes internacionales, dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 golpearon el norte venezolano el 24 de junio de 2026, generando una emergencia con miles de fallecidos, más de diez mil heridos y un número enorme de edificaciones dañadas o destruidas. The Guardian informó que análisis preliminares estimaban cerca de 58.870 edificios dañados o destruidos, mientras otros reportes hablaban de una crisis humanitaria severa, con hospitales saturados y grandes necesidades de ayuda internacional. (The Guardian) (El País)
El paralelo no debe hacerse con soberbia. Cada terremoto es distinto: cambia la profundidad, la distancia al epicentro, el tipo de suelo, la hora, la densidad urbana y la preparación institucional. Pero sí hay una lección inevitable. Los terremotos no matan solo por su magnitud; matan también por la vulnerabilidad acumulada en las construcciones, por la falta de fiscalización, por la pobreza urbana, por el deterioro de edificios, por la ausencia de normas efectivas o por normas que existen en el papel pero no se cumplen en terreno.
Chile no eliminó el riesgo sísmico. Ningún país puede hacerlo. Pero transformó su tragedia en aprendizaje técnico. El terremoto de 1985 fue una herida, pero también una escuela. De esa escuela salieron normas más exigentes, una ingeniería más respetada y una convicción que hoy parece parte del ADN nacional: construir bien no es un lujo, es una forma de salvar vidas. Venezuela, enfrentada ahora a su propio trauma, tiene ante sí una tarea semejante. La reconstrucción no puede limitarse a levantar lo caído. Debe levantar una nueva cultura sísmica, donde cada muro, cada edificio y cada ciudad recuerden que la verdadera modernidad no consiste en crecer hacia arriba, sino en permanecer de pie cuando la tierra se mueve.
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