
La electromovilidad suele asociarse a automóviles y buses eléctricos, pero una parte importante de la transformación urbana está ocurriendo en vehículos mucho más pequeños. Scooters eléctricos, triciclos de carga y tuk-tuks —también llamados tuctuc en distintos países— están ganando espacio porque resuelven algo que los grandes sistemas de transporte no siempre pueden resolver bien: viajes cortos, última milla, reparto urbano y conexiones entre barrios, estaciones y centros de actividad.
La tendencia no es marginal. La Agencia Internacional de Energía señala que los vehículos eléctricos de dos y tres ruedas continúan siendo uno de los segmentos más electrificados del transporte por carretera. En 2025 se vendieron cerca de 11 millones de unidades eléctricas de este tipo en el mundo, mientras los triciclos eléctricos superaron el 25% de participación dentro de su categoría. La propia IEA ha destacado, además, que los vehículos de dos y tres ruedas cumplen un papel relevante en América Latina tanto para el transporte cotidiano de personas como para actividades comerciales.
En Chile, el fenómeno tiene características propias. La Ley de Tránsito considera como “ciclos” a vehículos de una o más ruedas con asistencia eléctrica de hasta 0,25 kW, siempre que la alimentación se reduzca o interrumpa al alcanzar los 25 km/h. Esto permite incorporar a muchos scooters eléctricos dentro de una lógica de circulación asociada principalmente a ciclovías y, cuando estas no existen, a la calzada bajo las condiciones establecidas por la normativa. Al mismo tiempo, la Estrategia Nacional de Electromovilidad chilena fijó para 2035 la meta de que el 100% de las ventas de vehículos livianos y medianos sean cero emisiones.
Para muchas ciudades hispanoamericanas, marcadas por congestión, calles estrechas y extensas zonas de actividad comercial, el tuk-tuk eléctrico puede ocupar un espacio particularmente interesante. No pretende reemplazar al metro, al bus ni al automóvil familiar. Su oportunidad está en trayectos breves, transporte vecinal, turismo, reparto y servicios de última milla, especialmente allí donde utilizar un automóvil convencional resulta caro, sobredimensionado o poco eficiente.
Sin embargo, movilidad pequeña no significa riesgo pequeño. En un scooter, el cuerpo del conductor es prácticamente parte de la “carrocería”, por lo que una caída incluso a 20 o 25 km/h puede tener consecuencias graves. En Chile, CONASET establece el uso de casco protector para usuarios de ciclos en zonas urbanas y regula también el empleo de elementos reflectantes en horarios y condiciones de baja visibilidad.
Desde la ingeniería de transportes, conviene ir más allá del mínimo legal: casco correctamente ajustado, guantes, calzado cerrado, vestimenta visible, iluminación delantera y trasera y elementos reflectantes deberían formar parte natural de cada desplazamiento. En vehículos de tres ruedas son igualmente importantes la estabilidad estructural, buenos frenos, cinturones cuando corresponda y una correcta distribución de pasajeros o carga.
El verdadero valor de scooters y tuk-tuks eléctricos no está solamente en que carezcan de tubo de escape. Está en su capacidad para mover personas y mercancías utilizando menos espacio, menos energía y vehículos ajustados al tamaño real del viaje. Con infraestructura segura, fiscalización, capacitación y una cultura seria de protección personal, la electromovilidad puede dejar de ser únicamente un cambio de motor para convertirse en una manera más inteligente de ocupar nuestras calles.
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